Capítulo I. La puerta

La puerta estaba haciéndole caer enfermo. Hacía mucho que no dormía por las noches porque en lo más profundo de su ser, sentía su llamada. Era como un susurro traicionero, inquietante, sin interrupción, que a través de su oído despierto le acariciaba la mente y el espíritu con manos que eran garras. Un susurro engañosamente amable envuelto en mentiras disfrazadas de verdad que le hacían sudar y retorcerse hasta conseguir que se levantase de la cama y comenzara a bajar las escaleras. […]

La luz, que hacía años ya había conocido por primera vez, le indicaba el camino. Sin ella, durante el día, había sido incapaz de encontrar el lugar exacto. La escalera era mucho más larga al abrigo de la noche.

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Miguel llegó a la casa con apenas siete años y la primera vez que vio a la luz no se asustó. A decir verdad, tibió su corazón de una manera extraña y con el paso del tiempo se convirtió en la única que le daba el valor suficiente para levantarse de la cama prácticamente cada noche. […]

Durante muchos años lo intentó todo para averiguar cómo era posible que dos tramos de escalones se convirtieran en no menos de ocho. Hubo una época en que siguiendo a la luz trató de vislumbrar lo que había alrededor, pero no consiguió ver nada que no fueran sus pies y los peldaños bajo éstos. Y al final de aquella escalera interminable, siendo apenas un niño, había visto la puerta por primera vez.

No era majestuosa, ni grande. No estaba tallada, ni adornada por ninguna inscripción. Tan solo era una puerta sencilla, más bien pobre, pero de una pobreza siniestra, hecha de listones de madera oscura, con una manivela negra y una aldaba que tenía forma de mano agarrando una bola de metal ennegrecido y que, por no sabía qué motivo, le resultaba aterradora. […]

El primer intento le costó muchos viajes a la puerta. Llegaba, se quedaba allí plantado, temblando y regresaba a su habitación. Hasta que un día, cuando ya había cumplido los trece, se atrevió a tocar la manivela. El portón no se movió ni un centímetro. […] Y es que, en el fondo de su corazón, Miguel sabía que debía tocar la aldaba si lo que pretendía era cruzar el umbral. […]

Transcurrieron tres años más y un día decidió que ya era hora de probar otra vez. Daba igual que le diera miedo, que sintiese que algo malo sucedería, hiciera lo que hiciese, la puerta lo llamaría siempre. Y esa noche su golpeteo incesante, su susurro cansino y aterrador, fue más duro de lo habitual. La luz lo guió de nuevo y cuando estuvo frente a la puerta creyó distinguir un destello color ámbar en la piedra que sujetaba la mano de la aldaba. Llamó.

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La puerta se abrió lentamente, en inquietante silencio, como si lo hiciese con cautela. La luz pasó delante del muchacho mostrándole un tramo más de escalera y otra puerta al final de ésta. […] Cuando creía que por fin sus miedos iban a tocar tierra, cuando ya pensaba que desembarcaría en alguna costa aunque no fuese segura, resultaba que aún quedaba océano por navegar. […] No llamó a esa segunda puerta. Y fue entonces cuando todo se volvió oscuridad. Fue justo entonces cuando sus sueños se tornaron agónicos y fúnebres. La imagen de una guerra sin fin en la que veía morir a amigos y seres queridos a los que ni siquiera conocía pero por los que sentía un profundo amor se fue grabando a fuego en su alma. Y fue también entonces cuando vio aquella cara por primera vez. Su rostro de facciones duras y agudas, su mirada profunda, incisiva y llena de furia no inspiraban confianza, al contrario, al mirar aquel imponente rostro de porte real, elegantemente rígido y sereno, un escalofrío recorría el cuerpo de Miguel y el miedo volvía a apoderarse de cada poro, de cada centímetro, de cada rincón de su cuerpo. […] Nada de eso le importaba, sin embargo, porque acto seguido amanecía ella, como el sol después de muchos días de lluvia. Al verla le parecía que la conocía desde siempre, invadiéndole un calor sonrojado que le hacía sentirse en casa. Y de pronto, ella moría y entonces despertaba.
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[…] Comenzó el esperado y temido descenso. Miguel y la luz llegaron a la primera puerta y la atravesaron. Continuaron escaleras abajo y se detuvieron frente a la segunda puerta. Destelló la bola de metal ennegrecido en ese inusual color ámbar y la mano de Miguel, pálida y temblorosa, llamó.