La espera

 “Ven, mi cielo, cúbreme de nubes negras y ahuyenta la luz hasta que llegue la noche, hazme tuya en una tormenta de rayos y truenos que me libere de esta bondad que me tiene esclava. Arranca de mi piel la ternura y vuelve negro el suave azul de mis ojos. Quiéreme como nadie me ha querido y destruye mi amor por todo lo que no seas tú. Ráptame y atráeme hasta tu guarida, donde me harás tu reina, tu amante… tu más fiel y febril servidora. Ven, amor y tórname tan oscura como tú, tan oscura como quiero llegar a ser…

Arrastro mis pies descalzos por el polvo de este suelo lleno de astillas, hollándolo, intentando devolverle las llagas con las que él me obsequia, que siempre son menores que las de mi corazón herido, pero que sangran como desde hace años sangra mi alma por tu abandono y me pregunto: ¿dónde estás ahora? ¿Dónde te encuentras preso? Y es que si gozaras de libertad habrías vuelto a buscarme. Volver, ¡no tanto volver como regresar!, acariciar mi piel marchita y moribunda por la larga espera. Estoy sentada y espero. Miro nuestra cama vacía y espero. Recorro las páginas rotas de un libro que se deshace y espero. Te aguardo desde un tiempo que se me antoja teñido de gris, envejecido y roto. La grieta que me procuraste al clavarme el invisible puñal de tu ausencia me duele, palpita, como lo hace mi amor dentro del pecho, que una vez fue tuyo porque podías tocarlo y que todavía lo es porque así yo lo deseo.
Recorro cada estancia de esta casa sin cesar, tal es mi empeño de encontrarte. Vacía, vacía. También vacía. El vacío es cuanto llena mi vida ahora. Ni las palabras de tus libros, ni el recuerdo de tus palabras, ni tu imagen que me acompaña como una cadena asfixiante que no me puedo quitar del cuello, ni el calor del hogar, porque esto hace mucho tiempo que dejó de ser un hogar. Nada. ¡Nada! ¡¿Me escuchas?! ¡Es una cárcel, una prisión sellada por el olvido y por la ilusión infantil y eterna que se ha ido diluyendo con los años hasta quedar en una etérea promesa que ni siquiera sé si es tuya! ¡Sí, amor, aquí me encerré cuando te marchaste! ¿Te fuiste? ¿O te dije que te fueras? ¡No puedo recordarlo! No puedo, no puedo…
¡Oh, vida mía! Me acerco inexorablemente al encuentro del infinito, pues no puedo morir. La muerte procura la paz y yo jamás estaré en paz si no te tengo.

Estaba tan segura de tu amor que nunca te pregunté si me amabas.

Me acerco a la ventana sin darme cuenta y observo la oscuridad que se esconde tras ella, al otro lado, ese otro lado que me da tanto miedo, y al verla no puedo evitar recordar el color de tu corazón, aquel que me regalaste sin reparos hace ya tantos años ¡No puede ser que estuviese tan ciega! ¡Es imposible que no me percatara de tu indiferencia! Claro… ¡no existía tal indiferencia! Te uniste a mí en cuerpo, alma y maldad. Te uniste a mí arrancándome de mis hermanas y de mi pueblo porque me querías. ¡Oh, sí!

Pero te fuiste y no logro recordar el motivo. Estrujo mi mente sin piedad cada segundo de cada minuto y no alcanzo a comprender… por qué. ¿Por qué? ¿Por qué, mi vida? ¿No hice por ti todo lo que me pediste? ¿No desnudé mi alma para que la tiñeras con las cenizas de la tuya hasta el más recóndito rincón? ¿No me entregué a ti sin remedio un día, tras otro?
Estoy cansada, amor. Es agotador quererte tanto. Y esperarte, cada mañana paciente y anhelante cada noche. Y sobrevivir arañando lo que me queda de vida. Necesito descansar, deseo cerrar los ojos por siempre y para siempre, hasta que regreses y me los abras con tus besos para que sólo puedan mirarte a ti.

Estaré aquí cuando decidas venir a buscarme, echada en esta cama de dosel roído como mi piel de vieja decrépita y sola, pero aquí a pesar de todo, para que puedas encontrarme, porque este es nuestro lecho. Porque esta es nuestra casa.”